Mesa de Autoayuda K

Grupo de autoayuda para quienes padecen ciertas molestias ante
comentarios Anti-K o incluso descubren alguna tolerancia al peronismo.

El periodismo de púlpito





Columna publicada en Nueva Ciudad.

"Joe: Usted es Norma Desmond. Salía en las películas mudas. Era usted grande. Norma: Soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas".
Sunset Boulevard, Billy Wilder (1950)

Como le sucede al personaje de Gloria Swanson, muchas de nuestras antiguas estrellas de los medios viven su propio presente con una gran frustración. Sienten que siguen siendo grandes pero que nadie lo nota. Y sueñan con volver a su época de oro.

Esa época de oro fue el menemismo. El periodismo, o al menos un cierto modo de ejercerlo, se consolidó durante ese período. El periodista dejó de ser un profesional que investiga o simplemente analiza la realidad para intentar hacerla comprensible a sus lectores, y se transformó en la extraña reserva moral de la ciudadanía. Su tarea no consistió más en analizar iniciativas del gobierno, por ejemplo, o hacer comprensibles políticas económicas y proyectos de ley, sino en calibrar la honestidad de nuestros gobernantes con una estricta vara moral y, sobre todo, educarnos al respecto.

Por eso ya no nos sorprende que las sospechas sobre corrupción de funcionarios ocupen una parte significativa de los programas que dicen ser políticos. De la misma forma que analizar la pista de Anillaco o las sospechosas valijas de Amira Yoma era más relevante que analizar la privatización de YPF o el abandono del sistema ferroviario, por ejemplo.
Tampoco nos asombra algo realmente insólito: que los periodistas se indignen. Hay algo de profeta bíblico en muchas de las diatribas que leemos cada día, de lucha entre el Bien y el Mal mezclada con lugares comunes de cola de verdulería.

Hace unos años, Lanata dijo sobre el gobierno kirchnerista: "hace una confusión de roles que, en algún punto, es muy perversa. Te deja en un lugar raro, donde tenés que estar explicando si sos, no sos, si fuiste, si vas a ser, cuando en realidad ellos no son nada de lo que dicen que son. Pero te dejan culpable a vos".

Lo más notable es la denuncia sobre que el gobierno no sería “lo que dice ser”. Una preocupación compartida por gran parte de los medios, como si lo que un gobierno opina de sí mismo tuviera una trascendencia especial o incluso mayor a la de sus propias iniciativas políticas y las consecuencias de estas.

Bajo esa mirada moralista un gobernante mediocre que confesara serlo sería más preciado que uno bueno que se vanagloriara exageradamente de ser excelente.

De esa mezcla de profeta bíblico y señora gorda surgen momentos desconcertantes, como la entrevista a un ex integrante de CQC, una de las grandes avanzadas del periodismo de púlpito, en la que afirma que sólo “le cree al 10% de los políticos”. Una opinión perezosa que, sin embargo, un diario considera importante publicar, transformándola en “información”.

En esa visión de adolescente tardío, el único poder “que transa” (para retomar una expresión del ex notero) es el político. El resto de los factores de poder, incluyendo a los empresarios de medios que los contratan, no parecen desilusionar a nuestros severos profetas del Bien.

Otro ejemplo para recordar es el del periodista Alfredo Leuco, quien consideró imperioso escribirle una carta abierta al Papa para explicarle que está mal recibir a CFK en visita oficial ya que el mismo Papa habría dicho que no recibiría a políticos argentinos antes de las próximas elecciones. Se trata de un texto penoso, escrito con falsa modestia y repleto de sospechas y denuncias vaporosas, que tiene más que ver con un berrinche que con una columna periodística.

En otro artículo, sobre las internas del PRO entre Michetti y Rodriguez Larreta, el periodista Pablo Sirvén criticóel dedazo” de Macri a favor del actual Jefe de Gabinete, ya que eso no sería acorde con la nueva política pregonada por el partido macrista. La política, según los candorosos estándares de Sirvén, sería algo ajeno a cualquier otra práctica humana, sin presiones, luchas de poder o conflictos de interés. Una interna partidaria como un diálogo fructífero entre Heidi y Mi pequeño Pony.

Así, la conjunción entre moralismo, pereza y voluntad de educar al lector en lugar de informarlo ha ido transformando a nuestras viejas glorias en profetas indignados.

Foto: periodista serio alertando a sus conciudadanos sobre las atrocidades de la política y otras calamidades de época (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

Elogio de la demagogia






Columna publicada en Nueva Ciudad.

Yo tengo un sueño…

Martin Luther King (discurso del 28 de agosto de 1963)

Cada vez que algún visitante ilustre (escritor de libros de autoayuda, modelo o cantante pop) pasa por Buenos Aires y declara que esta es “la ciudad más hermosa de la tierra” no solemos tomar esa generosa impresión como una verdad estadística sino, más bien, como la elemental cortesía de un invitado.

Cuando escuchamos “Yo te amo”, por ejemplo, no nos detenemos a pensar si de verdad el rojo carmesí de los labios en cuestión tiene el color del rubí, si era razonable que el autor se sintiera desangrar al no poder conversar o si la pasión le mordía de verdad el corazón.

Lo mismo ocurre cuando eludimos una temida invitación a cenar invocando una enfermedad imaginaria: no pensamos que lo correcto sería confesarle al dueño de casa que su conversación nos adormece tanto como su cocina nos impide dormir, consideramos -con razón- que la mentira social nos protege del tedio de la cena sin agraviar inútilmente a quién propuso prepararla.

Preferimos eso al estricto respeto a la verdad de un calvinista que nos anunciase, por ejemplo, que el pastel de carne que preparamos durante toda la tarde es vomitivo, que nuestro hijo es francamente limitado o que estamos más gordos que el año pasado.

Ocurre que la cortesía -como las licencias poéticas o la mentira social- son atentados a la verdad que aceptamos de buen grado porque, en el fondo, mejoran nuestra vida, aún sabiendo que muchas veces somos nosotros quienes recibimos falsos elogios o excusas imaginarias.

Por alguna extraña razón, esa prerrogativa que reconocemos como algo útil es justamente la que solemos prohibirle a nuestros gobernantes.

Nuestros políticos, a diferencia de nuestros visitantes ilustres, nuestros artistas o nuestros conocidos con poco talento culinario, están condenados a emitir enunciados de una verdad quirúrgica desprovista de cualquier artificio.

En ese sentido, la demagogia sería una especie de mal absoluto que nos aleja de esa necesaria certeza. Es más, dentro de esa exigencia calvinista incluso la retórica debería ser sospechosa, por ser un artificio que turbia la verdad. Es algo que viene de lejos: para Aristóteles, el demagogo era quien adulaba al pueblo para, al fin y al cabo, tiranizarlo.

Pero si tomamos la precaución de eliminar la tiranía como forma de gobierno tal como hemos hecho en los últimos treinta años, ¿cuál sería el riesgo de aceptar esa adulación?

Una de las críticas a los políticos demagógicos es que proponen proyectos irrealizables, como si la frontera entre lo posible y lo imposible fuera un muro de piedra inamovible: alguna vez el sufragio universal fue un proyecto irrealizable, como lo fue también la jornada de 8 horas, la AUH y hoy lo es el “salario ciudadano”.

La función de nuestros gobernantes no es sólo la de gestionar –aunque solemos votarlos en función de los resultados de su gestión- sino también la de desplazar ese muro de piedra inamovible. Y justamente para eso sirve la demagogia, para adular nuestros propios sueños. El primer paso para concretarlos.

El famoso sueño de Martin Luther King puede ser calificado de irrealizable e incluso de demagógico. En todo caso no fue un proyecto claro, específico, sino algo en el fondo bastante más valioso: una dirección.

La ley 1420 de Educación Común estableció también una dirección, un derecho nuevo, no la realidad quirúrgica de los recursos necesarios.

La demagogia es otro de los tantos homenajes que el vicio rinde a la virtud, como escribió La Rochefoucauld sobre la hipocresía. Quien detesta la demagogia tiene, en el fondo, un problema con la política. Al menos con la política de mayorías.



Foto: Nuestro Maestro de Luz Elbosnio intenta vender su famoso Manual a un joven ciudadano desprevenido usando argumentos demagógicos y otros artificios retóricos (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

Cancelación Cena MAK Especial Elecciones Porteñas (15 de abril 2015)



















Cancelación de la cena: un acuerdo tácito estipula que los invitados de 678 deben pasar antes por la MAK. Por razones de fuerza mayor relacionadas con el frenesí de las elecciones esta vez ha sido al revés: Gaby Cerruti pasará antes por 678 el 15 de abril, dejándonos sin invitada y obligándonos a cancelar el ágape. 

Pispeá
 

Ser kirchnerista



Columna publicada en Nueva Ciudad.

Ser Kirchnerista en la CABA es ante todo un ejercicio de humildad y sufrimiento.

Es defender al Maligno.

Ser kirchnerista es que mis amigos me miren con preocupación y me pregunten si sigo siéndolo. Es que mi tía Chola me acuse en los almuerzos familiares con un “ustedes” que me incluye y por supuesto la excluye, de todo tipo de calamidades, como querer acabar con el diálogo en la mesa, el respeto a los mayores y un sinfín de otros valores notables que no sabía que mi tía Chola defendiera, pero sobre todo que ignoraba que mi familia tuviera.

Ser kirchnerista es ver cómo mis cumpleaños se van despoblando. Es constatar cómo mis opiniones políticas pasan a ser lo único que me define. Mis conocidos ya no me descalifican por mi ignorancia futbolera o mis gustos musicales: mi condición de kirchnerista concentra todas las críticas, como una especie de ánodo de sacrificio.

Ser kirchnerista, también, es ser nazi, estalinista, polpotiano, menemista, montonero, chorro y estafador, pero sobre todo es ser intolerante por pretender negarlo.

Ser kirchnerista es estar permanentemente al borde del abismo, a merced de un nuevo tiro en el pie oficialista que, “esta vez sí”, va a terminar con el gobierno.

Ser kirchnerista es tener que hacerme cargo de lo que opinó tal artista más o menos oficialista o simplemente cualquier otro kirchnerista.

Ser kirchnerista es ser ultraK, a diferencia de quienes apoyan a Macri, Binner o Cobos, que nunca son ultra nada.

Ser kirchnerista es indignarse porque el gobierno no para de cometer esos errores que podría evitar si “nos escuchara a nosotros”.

Ser kirchnerista es mirar con asombro como nuestra derecha, históricamente proclive a los golpes de Estado, las emergencias discrecionales y las cirugías mayores sin anestesia (preferentemente sobre miembros ajenos), se ha transformado en la severa defensora de la letra chica del más nimio de los reglamentos.

Ser kirchnerista es ver a nuestras viejas glorias caer de sus pedestales transformados en señoras gordas indignadas.

Ser kirchnerista es minimizar ciertos peligros con la excusa de que son imaginarios, como la inminente apertura de las cajas de seguridad, el decomiso de pasaportes, la prohibición del salmón o la Invasión de Polonia.

Ser kirchnerista es escuchar cada semana el anuncio de un nuevo fin de ciclo kirchnerista.

Ser kirchnerista es una decisión política mientras que ser antikirchnerista es sentido común.

Ser kirchnerista es ver como mis amigos que denunciaban “la politiquería del Congreso” durante el menemismo hoy se indignan porque CFK no esperó el dictamen no vinculante de alguna comisión parlamentaria.

Ser kirchnerista además implica no preocuparse por ser constantemente el peor país o, más exactamente, por no ser el país que no somos. No fuimos Irlanda hasta que no serlo fue una ventaja; no fuimos Grecia hasta que Grecia tampoco quiso ser Grecia; no fuimos Brasil hasta que Brasil se estancó y ahora, al parecer, no somos Perú.

Ser kirchnerista es aplaudir iniciativas como el matrimonio gay aun sabiendo que con este viento de cola cualquiera lo hubiera hecho votar, incluso De la Rúa.

Ser kirchnerista es negar que todo lo bueno era inevitable y todo lo malo, intencional.

Ser kirchnerista es ver como Néstor pasó de energúmeno violento a entusiasta del diálogo apenas tomó la precaución de ya no estar.

Ser kirchnerista es ver con asombro cómo el diario La Nación se preocupa por el respeto a los DDHH de nuestros nuevos socios comerciales.

Ser kirchnerista es ver cómo el apocalipsis inminente aunque esquivo de ayer es reemplazado por un nuevo apocalipsis igualmente inminente y siempre esquivo.

Ser kirchnerista es asombrarme porque CFK tiene menos legitimidad que Mujica por ser más rica pero no tiene más legitimidad que Macri por ser más pobre.

Ser kirchnerista es considerar que tal vez no logremos tener los servicios públicos de Finlandia con la presión fiscal de Burundi.

Ser kirchnerista, al fin, es padecer ciertas molestias ante comentarios antiK pero, sobre todo, es descubrir con asombro alguna tolerancia al peronismo.



Foto: una pareja de kirchneristas confesos huye de una horda de ciudadanos indignados por la falta de diálogo y la ausencia de consenso (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

Las Viudas de la primavera alfonsinista

Columna publicada en Nueva Ciudad.
“Sobrevivir es lo primero: Desde su primera salida anticipada del gobierno en 1989, el radicalismo practica estrategias de supervivencia”.
Mario Wainfeld

Además de las hombreras, las Ferifiestas y los jeans nevados, los años 80' nos legaron la primavera alfonsinista.

Este corto período del gobierno de Alfonsín nos enseñó que el drama argentino era la falta de respeto a la Ley, la famosa anomia analizada por Carlos Nino, filósofo, jurista y uno de los más brillantes asesores de Raúl Alfonsín.

Alfonsín nos hizo soñar con una idea atractiva: declamando el Preámbulo podríamos conseguir un país más justo, más desarrollado y más tolerante. Nuestro drama era de procedimientos antes que de intereses contrapuestos o de abusos de los poderes no electorales.

Una parte de la generación que se inició en la política con el entusiasmo de la primavera alfonsinista, en particular con el que generó el histórico Juicio a las Juntas, mantuvo esa ilusión inicial: lo relevante en la política son las formas y las intenciones más que las iniciativas en sí e incluso más que los resultados. Algunos los han llamado las Viudas de Alfonsín pero en rigor de verdad son las Viudas de la primavera alfonsinista, ya que su mentor dejó de lado esa candorosa ilusión frente a las primeras dificultades.

Cuando la supervivencia de su gobierno lo exigió, ofreció el Ministerio de Trabajo a los mismos sindicalistas que tanto había combatido, cedió frente a los carapintadas que había denunciado y frenó la política de DDHH que había erigido como la bandera de su gestión.

Ya como opositor, buscó preservar a su partido negociando con Menem el Pacto de Olivos que le otorgó la ansiada reelección a cambio del tercer senador por la minoría. Luego del desastre de las presidenciales de 1995 en las que la UCR quedó tercera, armó la Alianza junto al Frepaso, cuyo objetivo explícito fue frenar la continuidad del peronismo además de salvar al radicalismo de la irrelevancia.

Es decir que el estricto manual de formas republicanas y buenas intenciones enunciado junto al Preámbulo sólo fue aplicable a los avances ciudadanos, no a la supervivencia de su partido.

La realpolitik de supervivencia, por llamarla de alguna manera, no fue un invento alfonsinista. Todos los líderes radicales la aplicaron de una u otra manera, conjugando su rol de “custodio de las formas”, como escribió Martín Rodríguez, con el apoyo entusiasta a gobiernos de facto carentes de toda legitimidad, pero que les permitían mantener activa la red local que constituye hasta hoy la columna vertebral de la UCR.

El acuerdo entre la UCR y el PRO anunciado por Ernesto Sanz, el muchacho que dice querer ser Presidente, retoma ese histórico instinto de supervivencia. Si algo se le puede criticar al acuerdo es la ausencia de ambición, ya que la UCR se conforma una vez más con frenar la continuidad oficialista, pero no una supuesta incoherencia ideológica.

La primavera alfonsinista fue una breve anomalía en un partido históricamente más a gusto con el lápiz rojo de Angeloz, la rosca balbinista, la mesura de un De la Rúa o las denuncias de Sanz o Morales sobre los estragos del populismo, que con los enunciados del primer Alfonsín.

De hecho, la agenda de la primavera alfonsinista fue retomada por el kirchnerismo frente a la casi constante oposición de la UCR: desde la Ley de Medios hasta la reforma del Código Procesal Penal que el Consejo para la Consolidación de la Democracia coordinado por Nino ya había planteado en 1985, pero también a través de iniciativas progresistas como la expropiación de YPF, el fin de las AFJP, la AUH, el matrimonio gay o la derogación de las leyes que Alfonsín había hecho votar para frenar el impulso que él mismo había iniciado.

La gran diferencia es que el kirchnerismo descreyó de la mágica eficacia del Preámbulo y usó la realpolitik no sólo para su propia supervivencia, algo elemental si se pretende gobernar, sino también para llevar adelante esa agenda.

Ese uso instrumental, para retomar una expresión de Beatriz Sarlo referida a la política de DDHH de Néstor Kirchner, es el que enfurece a las Viudas de la primavera alfonsinista, que apoyan la mayor parte de las iniciativas conseguidas en estos años, pero no así, no ahora, no de esa manera, no con esas intenciones, no con esa gente, no…

Foto: Dos Viudas de la primavera alfonsinista durante las festividades de San Alfonso Mártir (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

Próxima Gran Cena de la MAK el miércoles 1 de abril de 2015


Preocupado por el repunte de la imagen de CFK que sólo puede anunciar un nuevo tiro en el pie oficialista, nuestro Maestro de Luz Elbosnio, el Sri Sri Ravi Shankar del kirchnerismo de salón, dio curso a la Secretaría de Guateques, Fiestas Negras y Bar Mitzvás (la ya legendaria SeGuFiNeBarMi, por sus siglas en inglés) liderada por Nagus el Magnífico para que organice la próxima Gran Cena de la MAK el miércoles 1 de abril, en honor a San Walerico, abad cuya vida ejemplar iluminó en la suya.

Para intentar acortar un poco los eternos discursos de Contradicto, la Gerencia de Invitados Ilustres (la célebre GIL) decidió invitar a Eduardo Jozami

Asombrosamente Jozami aceptó.

El lugar es el habitual, el ya legendario Salón Dorado Horacito Rodríguez Larreta del Círculo Salvavidas, ubicado en Cabello 3958, barrio carenciado de Palermo, a las 20:00.

Pese a ser K respetamos las tradiciones: se pagará una entrada única de $60, lo que dará opción a empanadas frozen (en el milagroso caso de que haya suficientes), vino de ferretería y gaseosa tibia a granel.

Quienes dispongan de recursos a pesar de la crisis que Zannini nos obliga a no mencionar podrán negociar directamente con el Círculo Salvavidas el plato Súper De Luxe Primera Especial, como milanesa, pechuga, ensalada y demás manjares.

Por razones de seguridad nos vemos en la obligación de mantener el santo y seña: "¡Qué desmejorado que está Elbosnio!". Se lo exigirá en la entrada sin excepción.

Foto: En la Universidad de Verano de la MAK, el General inicia a los nuevos reclutas en el difícil arte de mejicanear la pelota.

Cortesía Fundación Led para el Desarrollo de la Fundación Led.
Pispeá
 

La irrelevancia obstinada o la realpolitik desenfrenada


Columna publicada en Nueva Ciudad.

“… para consolidar esta nueva coalición era necesario marchar con cuidado, porque avanzar demasiado en el barrido de los establos de Augias podía antagonizar, y perder, a más gente y estructuras de apoyo que las que se podrían alcanzar entre los independientes enrolados como transversales. Y además, muchos de estos últimos seguían sufriendo una incurable tendencia a protestar y quejarse ante el menor contratiempo.”

Torcuato Di Tella, prólogo a El Pensamiento del Peronismo.


El menemismo fue un período generoso para un cierto tipo de progresismo. En aquella época alcanzaba con criticar en un almuerzo familiar la pista de Anillaco, el petit hôtel de Maria Julia o la vulgaridad de Zulemita para sacar carnet de progre. Por lo general, los medios opositores no analizaban el problema de fondo -el modelo político- sino que denunciaban uno de sus aspectos instrumentales: la corrupción. El gobierno era corrupto y eso explicaba casi todo.

La Alianza fue la concreción política de ese error de diagnóstico. Ganó las elecciones proponiendo hacer lo mismo que su predecesor pero sin corrupción, una especie de menemismo blanco, y terminó con un presidente huyendo en helicóptero y dejando un país en llamas.

Luego del interregno duhaldista, el kirchnerismo intentó una alianza política más amplia que el PJ que, por un lado, aportara nuevos bríos frente al temido grito “que se vayan todos” del 2001 y, por el otro, que le diera peso suficiente como para enfrentar a Duhalde, su antiguo mentor.

Fue la época de oro de la Transversalidad primero y, luego de su fracaso, de laConcertación Plural, que llevaría a Cobos como vice de CFK en 2007 y que también volaría por el aire con el conflicto de la 125 y el famoso voto no positivo.

De aquellos antiguos compañeros de ruta, algunos se quedaron, como el Nuevo Encuentro de Martín Sabbatella, ya casi una línea interna kirchnerista. Muchos otros se alejaron: los Libres del Sur, de Tumini y Donda; Juez y su Partido Nuevo; o los electrones libres, como Lozano o Bonasso.

Como señala el texto de Torcuato Di Tella, esos compañeros de ruta sufrieron una incurable tendencia a protestar y quejarse ante el menor contratiempo. No estaban en contra de las grandes iniciativas del kirchnerismo- como la nueva Corte, la renegociación de la deuda, la política laboral, la masiva integración al sistema de jubilados sin aportes, el fin de las AFJP, la ley de Matrimonio Gay, la Ley de Medios, la ley de Identidad de Género o la nacionalización de YPF- pero no podían tolerar las formas rudas del gobierno, su estilo verticalista o sus aliados impresentables.

Al igual que el diputado Luis Zamora, quien votó en contra de la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida a las que siempre denunció para no apoyar “la hipocresía kirchnerista” quienes se definían como progresistas se alejaron del gobierno que llevaba adelante la agenda que siempre habían defendido.

La justificación de ese distanciamiento llegó también a través de nuevos dramas a denunciar, como los estragos de la megaminería, la persecución a los Qom y sobre todo –al igual que con el menemismo- la corrupción.

Quienes se alejaron de Néstor Kirchner al descubrir que no era Camilo Cienfuegos pudieron entusiasmarse entonces con Cobos, Sanz, Prat Gay o la Mentalista Carrió ya que todos estaban de acuerdo en lo esencial: el drama de la Argentina es la corrupción (tal como lo explica un simpático spot de Donda y Gil Lavedra).

Luego de la explosión del multimarca UNEN, el radicalismo acaba de decidir aliarse al PRO de la mano de Sanz, no sin fricciones internas. Sus ex socios progresistas de Libres del Sur y GEN quedaron a la intemperie luego de casi diez años de compartir coaliciones, diagnósticos y objetivos. Lo más asombroso es que esos mismos políticos a la intemperie aplaudieron cuando su candidato Hermes Binner decidió dejar de serlo. Al parecer la falta de ambición sería un gesto de grandeza.

Luego de una década de agobiarnos con la letanía de la Heidipolitik, el progresismo anti-K nos ofrece dos opciones para superar la noche kirchnerista: la irrelevancia obstinada o la realpolitik desenfrenada.



Foto: Ernesto Sanz analiza los restos del acuerdo programático con Mauricio Macri (gentileza Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

CFK invade Polonia y asesina a Nisman.



Columna publicada en Nueva Ciudad.

«… damas y caballeros, tengo que anunciarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones científicas como la más palpable realidad nos obligan a creer que los extraños seres que han aterrizado esta noche en una zona rural de Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte…»

Orson Welles interpretando “La guerra de los mundos” de H.G. Wells. Radio CBS, NY, 30 de octubre de 1938.




Hace algún tiempo supimos que CFK planeaba invadir Polonia.

Gracias a la información que fuentes muy cercanas a la presidenta filtraron a la prensa, nos enteramos que efectivamente planeaba atacar ese país europeo con el que mantenemos relaciones amigables y una larga tradición cultural.

Pese al clamor de los kirchneristas mesurados pidiendo que CFK desmintiera una iniciativa indefendible que remitía al Tercer Reich, el incómodo silencio oficial terminó por confirmar la veracidad de la denuncia.

Una campaña llevada adelante por intelectuales y periodistas independientes logró el apoyo de miles de manifestantes y exigió que CFK desistiera de ese inexplicable proyecto.

Finalmente la invasión nunca ocurrió. La prensa independiente había logrado frenarla.

La misteriosa muerte del fiscal Nisman luego de haber presentado una denuncia contra CFK y su Canciller por el encubrimiento del atentado a la AMIA generó un comprensible clamor popular y la indignación de los medios, algunos de los cuales incluso acusaron a CFK de haberlo matado.

Es cierto que alguien que planeó invadir Polonia no dudaría ante un simple asesinato.

Como en el caso de aquella invasión, no importan tanto los hechos: el movimiento de tropas preparándola, por ejemplo, o el encubrimiento efectivo en el caso de la denuncia de Nisman, sino una intencionalidad secreta detectada antes por la prensa independiente y hoy por el fiscal.

La reticencia de CFK a desmentir el escandaloso proyecto de invasión probó su culpabilidad con la misma contundencia que sus declaraciones y acciones a favor de juzgar a los sospechosos del atentado prueban la secreta intención de encubrirlos.

En ese sentido, que Interpol nunca haya retirado las famosas alertas rojas sobre los ciudadanos iraníes prueba que el gobierno no tuvo éxito en lograr esa parte fundamental de su acuerdo secreto con Irán. Una vez más, los hechos probarían las intenciones contrarias, una conclusión creativa desmentida por el ex titular de ese organismo internacional, quien aclaró que el gobierno argentino siempre exigió el mantenimiento de esas alertas.

El otro punto fuerte de la acusación es la información que se desprende de las centenares de horas de escuchas entre un líder religioso pro-iraní y un allegado al gobierno argentino. Los escuchados mencionan la voluntad de cada gobierno en lograr un acuerdo (un dato público), citan reuniones secretas, invocan cercanías con funcionarios, piden paciencia y lamentan los retrasos o las declaraciones de tal o cual ministro.

Imagino que centenares de horas de conversaciones entre la Madre Teresa y Heidi podrían determinar una cantidad similar de sospechas.

El juez Rafecas rechazó la denuncia presentada por el fiscal que reemplazó a Nisman. Sobre las alertas, explicó que un simple llamado al titular de Interpol hubiera aclarado ese punto esencial de una investigación de dos años, según los propios dichos de Nisman.

Sobre las escuchas, opinó que los deseos del Canciller y la Presidenta -aún en el hipotético caso que lograran ser probados por esas conversaciones entre terceros- no constituirían delito alguno, al menos mientras tomáramos la precaución de permanecer en un Estado de derecho.

El fiscal rechazó el rechazo, explicando que la tarea de un juez de instrucción es investigar los supuestos delitos para determinar si lo son, no determinar que no lo son para no investigarlos. Pidió que se estudiaran los memos de la Cancillería referidos a los supuestos encuentros mencionados en las escuchas. No quedó claro si también se le debía preguntar a CFK si tuvo la íntima intención de encubrir el atentado, como antes la tuvo de invadir Polonia.

La denuncia del fiscal Nisman insiste en la hipocresía de la presidenta, una acusación que sí tiene sentido: durante años CFK actuó en un sentido diferente a sus verdaderas intenciones, esas que tal vez sólo su cura párroco conozca con certeza.

Foto: un agente de La Cámpora escapa del departamento de Nisman en un dispositivo volador fabricado por el INVAP con la plata de los jubilados (gentileza Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

Los Héroes Instantáneos y la Oposición Outsourcing




Columna publicada en Nueva Ciudad.


“Representar en democracia es magia y trabajo.”

Marcelo Leiras





Hace años que la oposición ha delegado en terceros la tarea de entusiasmar a la ciudadanía, aunque a diferencia de las empresas que eligen tercerizar sus procesos administrativos (Outsourcing) para ocuparse del foco de su negocio, como dicen los consultores, la oposición no logra encontrar el suyo.

Salvo los políticos que controlan un distrito relevante -entre los cuales se destaca el PRO en la CABA- y logran generar una representación propia con liderazgos atractivos, la mayoría de la dirigencia opositora corre detrás de una agenda formada por otros y, sobre todo, detrás de héroes ajenos.

Esos héroes suelen ser, además, instantáneos. Nacen por una razón coyuntural pero, lamentablemente para quienes se ilusionan con su llegada, desaparecen a la misma velocidad.

El falso ingeniero Blumberg primero y el modesto chacarero Alfredo De Angeli después, iniciaron la saga.

Los héroes instantáneos posteriores fueron mucho más efímeros: desde la heroína Luján Telpuk, la policía aeroportuaria que descubrió la valija de Antonini Wilson; hasta el gendarme Maza, líder de los reclamos salariales de los uniformados; pasando por Paula de Conto, la despachante de aduana maltratada por el secretario Moreno; el fiscal Campagnoli, el juez Bonadío y el actor Cutzarida. Son muchos y es difícil recordarlos a todos.

La denuncia del fiscal Nisman contra CFK y su muerte posterior lo convirtieron en el último héroe instantáneo, llegando incluso a ser comparado con Strassera, el histórico fiscal del Juicio a las Juntas.

Miles de personas marcharon el 18 de febrero para conmemorar su muerte y pedir justicia. Los líderes opositores apoyaron la marcha pero lo hicieron desde atrás, explícitamente sin banderas partidarias, como si la exigencia de justicia no pudiera ser un reclamo político y que quienes aspiran a gobernarnos no pudieran llevarla adelante.

Los héroes instantáneos que generan entusiasmo efímero entre el electorado más ruidosamente antiK comparten una característica fundamental: ninguno es político. El electorado opositor más extremo (pero también más visible) no parece poder resolver su orfandad política. El discurso antipolítico que acompaña el apoyo a esos héroes efímeros a través de exigencias absolutas los aleja de toda posibilidad de articulación política.

La oposición, en lugar de intentar conseguir apoyo a través de su propio proyecto político articulando los reclamos ciudadanos, adopta un discurso de Heidipolitik y repite los clásicos lugares comunes anti-mayoritarios.

Llega incluso a la paradoja, para un político, de denostar los actos masivos por no tener la aparente independencia y legitimidad de las marchas ciudadanas. Una especie de alergia hacia las muchedumbres encuadradas, algo letal para quien pretende seducir el voto de las mayorías y sobre todo, gobernar.

Ante cada nuevo conflicto social la oposición imagina que este será la bala de plata que terminará de una vez con la pesadilla kirchnerista.

El drama del outsourcing de entusiasmo es que los partidos políticos diluyen sus programas para entrar con fórceps en una grilla ciudadana de absolutos: de “buenos ciudadanos” contra “malos militantes”; de consignas de ONG en donde la falta de conferencias de prensa puede tener el mismo peso que el índice de pobreza, o donde los gastos de hotelería de CFK se igualen al nivel de desempleo.

La Oposición Outsourcing es un atajo de corto plazo que no sólo pretende ahorrarse el trabajo de construcción política que menciona Marcelo Leiras sino que sueña con eludir el inevitable conflicto de cualquier discurso político que salga de las consignas amables de una ONG que defiende a los delfines.

A la luz de estos doce años de kirchnerismo, el outsourcing de entusiasmo y los Héroes Instantáneos no sólo no han representado un atajo para la oposición sino que fueron su propio laberinto.


Foto: casting de candidatos a 
Héroes Instantáneos (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).
Pispeá
 

Próxima Gran Cena de la MAK el miércoles 11 de marzo del 2015




Preocupado por el rechazo de Rafecas a escuchar las 9.000 horas de archivos de Stiuso antes de presentar su dictamen, nuestro Maestro de Luz Elbosnio, el Sri Sri Ravi Shankar del kirchnerismo de salón, dio curso a la Secretaría de Guateques, Pechito con Pechito y Zarandeos (la ya legendaria SeGuPeCoPeZa, por sus siglas en inglés) liderada por Nagus el Magnífico para que organice la próxima Gran Cena de la MAK el miércoles 11 de marzo, en honor a San Sofronio de Jerusalem, obispo cuyo martirio a manos de los sarracenos ayudó a nuestro Maestro a encontrar el camino en momentos de incertidumbre.

El lugar es el habitual, el ya legendario Salón Dorado Horacito Rodríguez Larreta del Círculo Salvavidas, ubicado en Cabello 3958, barrio carenciado de Palermo, a las 20:00.

Pese a ser K respetamos las tradiciones: se pagará una entrada única de $60, lo que dará opción a empanadas frozen (en el milagroso caso de que haya suficientes), vino de ferretería y gaseosa tibia a granel.

Quienes dispongan de recursos a pesar de la crisis que Zannini nos obliga a no mencionar podrán negociar con Moni (del Círculo Salvavidas) el plato Super De Luxe Primera Especial, como milanesa, pechuga, ensalada y demás manjares.

Por razones de seguridad nos vemos en la obligación de mantener el santo y seña: "¡Qué desmejorado que está Elbosnio!". Se lo exigirá en la entrada bajo pena de llamar a Horacito Rodriguez Larreta.

Foto: En la Universidad de Verano de la MAK, el General (en el centro, con tocado makista) inicia a los nuevos reclutas en los misterios de la infalibilidad elbosniana.

Cortesía Fundación Led para el Desarrollo de la Fundación Led.
Pispeá